Ellos me siguen, ¿Y tú? ;)

lunes

SORPRESAS (Encuentros2)




La habitación se encontraba en silencio. Sólo un chico daba vueltas de un lado hacia otro con mucho nerviosismo.
-No puede ser, cómo puedo tener tan mala suerte. Y todo por culpa de ella. Ojalá no hubiera pasado por allí. He hecho lo que debía pero.. ¿y mi cita?. Pensará lo peor de mi, no se si podrá perdonarme... tal vez ni quiera hablar conmigo.
-Tranquilo muchacho, no ha sido para tanto, tranquilízate. Únicamente necesita un poco de descanso y reponer fuerzas. Sólo ha sido un desmayo. Si sigues dando vueltas no tendré más remedio que echarte de aquí, alteras a los pacientes- le dijo una mujer de mediana edad vestida de enfermera.
-No estoy así por la chica, ¿no lo ve?.La niñata es la que lo ha estropeado todo.
                                                               .....
Lucía comenzó a mover los dedos de los pies. Tenía la sensación de estar engarrotada, o de haber estado durante varios días durmiendo. Aún con los ojos medio cerrados podía vislumbrar bastante claridad, sin lugar a dudas era de día. Así que como mínimo debía haber pasado un día desde que ocurrió la espantosa, vergonzosa y aparatosa caida.
Tengo ojos, piernas y brazos -comenzó a tactar todo su cuerpo para asegurarse de que todo estaba en su sitio- Pero... un momento, ¿dónde estoy?. Parece una habitación de hospital -se autorespondía-. 
Después de unos minutos mirando el techo decidió incorporarse para llamar a alguien, avisar de que ya había despertado y pedir el alta. No iba a poder aguantar ni un segundo más en ese recinto. Siempre había odiado los hospitales. Su olor. Cada vez que iba salía más enferma de lo que entraba. Y tenía muchas cosas que hacer, entre otras, llamar a sus padres y hablar con Íker.


¡ÍKER! ¿Qué pensará de mi?. No me perdonará el plantón, por todos los santos... -maldecía mientras trataba de incorporarse-.
-¿Dónde cree usted que va, señorita?- preguntó un hombre de bata blanca haciéndola brincar del susto.
-Usted imagino que será el doctor. Verá, estoy un poco aturdida y me duele la cabeza. Sólo quiero volver a casa, ¿dónde están mis cosas?. Me encuentro perfectamente. Podría incluso cantarle la tabla del 9 haciendo el pino.
-Imaginación seguro que no le falta señorita... ¿Lucía?. Será difícil olvidar su nombre. A todo ésto, ¿no le han dicho nunca que es obligatorio ir identificado?. Y más si conduce...
-Pues sí, tengo que darle la razón... fallo mío. Pero... si no llevaba documento de identidad, ¿cómo sabe mi nombre?.
-Pues ahí viene lo mejor, que tenemos a un muchacho ahí fuera revolucionando el pasillo. Que no se yo quién tenía más ganas de que despertaras si él o yo.


Lucía que en aquel momento se encontraba de pie y apoyada con un brazo en la cama comenzó a sentir que le temblaban las piernas y se sentó por miedo a perder el equilibro. 


Ah no, no puede ser. Me niego. ¿Íker?, ¿será él?, podría ser cualquiera. Tal vez alguno de los que me encontraron, no dejaban de sonar una y otra vez las palabras del médico en su cabeza.


-Lucia, Lucia, ¡¡Lucía!! -la reclamaba el hombre temiendo que entrara en estado de shock- ¿hago pasar al muchacho?. Lleva desde que llegaste anoche queriendo verte, pero la enfermera no le ha dejado pasar porque necesitabas descansar.


La chica estaba paralizada. No podía creer que la primera vez que fuera a verle sería en esas condiciones. ¿Y él? ¿cómo la había reconocido?. Ni si quiera había visto la cara que puso al verla y saber que era ella. Lo mismo ni estaba interesado, sólo sentía pena y preocupación.
Un portazo la hizo reaccionar y alejarse de sus pensamientos. El médico cansado de esperar una respuesta había salido de la habitación. Lucía se sentía nerviosa, se levantó ayudándose de los brazos y sintió un mareo. Esa herida de la cabeza todavía le dolía. Se acercó al baño y encendió la luz, necesitaba mirarse al espejo. Cuando se encontraba delante se echó las manos a la cara. La venda que le atravesaba media cabeza no le favorecía demasiado, tenía ojeras y estaba despeinada. Cualquiera podría creer que se había peleado con unas cuantas aves rapaces y un par de gatos de uñas afiladas.


Alguien golpeó la puerta del baño insistentemente y con fuerza, ¿Quién sería llamando de esa forma?-pensó Lucía.


-Pero qué carajo...-maldecía por lo bajo- ¡Ya voy!
-¡¡Más te vale abrir antes de que cuente cinco!!. Estoy cansado de esperar, ¿no crees suficiente toda una noche?. ¡Ni que te creyeras la bella durmiente!-gritaba el chico desde el otro lado de la puerta.
Lucía impresionada por la bronca, y sin tener ni idea de quién se encontraba al otro lado, estaba apunto de contestar aquellas palabras de no muy buenos modos, pero finalmente pensó que lo mejor sería abrir y conocer quién era el dueño de esa voz que la estaba poniendo de los nervios.
La cara de la chica era un poema. Tuvo que sujetarse del manillar de la puerta antes de caer de bruces al suelo. No lo podía creer.


-¿TÚ?, pero, pero... ¿Qué haces aquí?. No entiendo nada -miraba fíjamente al chico que tenía delante.
-¿Tú? -repitió a modo de burla- ¡Sí! ¡Yo! y ojalá no hubiera pasado por allí cuando te caiste. ¡He perdido mucho tiempo! y te aseguro que no esperaba pasar mi fín de semana en la ciudad contigo en el hospital.
-Oh no -dijo la chica por lo bajo mientras se apoyaba en el único sillón que había en toda la sala- sólo eras tú..., estabas allí... Yo pensé que, yo creí...
-Tu creiste, tú pensaste, tú, tú y tú. Veo que no has cambiado nada desde el instituto. Sigues siendo la misma niñata de siempre.
-¡¡Cállate!! -gritó alterada- en su momento te dije que no quería volver a verte. Y fíjate. El destino es caprichoso. ¿Tanto te quejas de tener que aguantarme después de tantos años? ¿Entonces qué haces aquí todavía? -preguntó con un tono sarcástico muy propio de ella.
-Sólo estoy aquí porque alguien no llevaba documentación encima, ¿adivina quién?, yo era la única persona de allí que sabía quién eras y cómo ponerme en contacto con tu familia -explicaba el chico apoyado en uno de los ventanales que daban a la calle- Así que creo que deberías darme las gracias. Toma tu bolso. La enfermera no me dejó entrar antes -dijo mientras se acercaba al sofá donde estaba sentada Lucía y le extendía sus pertenencias.
-¡No voy a darte las gracias por nada! -le arrebató con fuerza el bolso de sus manos- me parece que todavía no recuerdas lo que ocurrió durante ese tiempo ¿verdad?. ¿Tengo que recordártelo? ¡Pues te lo dije! ¡ni perdono ni olvido!.
-¿Pero tú qué te crees?. Eres una egocéntrica. ¡Yo también tengo canalladas que recordar por tu parte!. Ojalá te hubiera dejado allí tirada, entre gente desconocida. Con un poco de suerte te hubieran raptado por una temporada.


-¡No quiero oirte! ¡Vete! Tú y tus cuentos. Te dije que no quería volver a verte. Y te aseguro que es lo que más deseo en el mundo -gritaba mientras se incorporaba del sofá e iba acercándose con paso firme hacia él.


En esos momentos de tensión se abrió la puerta de la habitación y apareció una mujer de unos cincuenta años. Bien vestida y con carmín rojo en los labios.


-¡Cariño!, ¿te encuentras bien? -corrió a abrazar a Lucía en uno de esos achuchones que hacía que la chica dejara de respirar por segundos.
-Sí mamá, estoy bien, tranquila... No te preocupes -intentó sonreír mientras miraba de soslayo al que seguro había hecho que su tensión subiera esa mañana.
-¡¡Enrique!! ¿eres tú? ¡no lo puedo creer! ¡Qué alto estás! ¡y qué guapo! -zarandeaba al chico mientras Lucía la miraba fíjamente con ganas de sacarle los ojos a alguien.
-Sí señora, usted tan amable como siempre. Yo también me alegro de verla. Pero justo me iba ya, espero que todo le vaya bien.
-Ah no, de ninguna manera. Tú esta noche cenas con nosotras en casa, y no admito un no como respuesta, quiero agradecerte todo lo que has hecho por mi niña. ¿recuerdas esos espaguettis que tanto adorabas cuando venías a casa?. Pues tal vez podría hacerlos para cenar. ¿verdad que podría venir Lucía? -le preguntó a su hija mientras con una mano le pegó un pequeño repisco en el brazo. 


Sabía de sobra que la relación que tenian entre ambos no acabó demasiado bien años atrás, pero no indagó en saber cuál era el motivo.


-Sí, claro... -sonrió Lucía sin mucha convicción- estaremos encantadas de que nos acompañes... 


Enrique no sabía muy bien cómo reaccionar. Rechazar una invitación no estaría bien visto por parte de María, la madre de Lucía. Era una mujer que desde bien pequeño se notaba que le caía en gracia y cuando eran vecinos y tocaba miércoles de espaguettis rara era la noche que no le invitara a cenar. Era su día preferido de la semana. Y por aquel entonces Lucía era su mejor amiga, aunque la gente no pudiera llegar a entender su relación.


-Bueno, si insistís... está bien, ¿a qué hora en su casa? -preguntó a María observando detrás de ésta la cara de fastidio de Lucía ante su respuesta afirmativa.


-A las nueve estará bien, muchacho. Ahora esperaremos que te den el alta y nos marcharemos para casa jovencita -añadió mirando a Lucía con su sonrisa protectora.


-Está bien, nos vemos a esa hora. Yo será mejor que me marche ya.


En unos segundos desapareció de allí.



De camino a casa el trayecto se le estaba haciendo eterno. No tardó mucho en convencer al doctor para que le diera el alta, la verdad que se encontraba perfectamente.
 Una y otra vez intentaba buscar explicación a cómo habían surgido las cosas. Hacía tan solo un día se encontraba dichosa esperando a la persona que le había robado el pensamiento durante tantas noches. Y de golpe, ahora estaba enrabietada. Otra vez él. Enrique se llegó a convertir en su peor pesadilla el último curso de instituto. Siempre se habían llevado bien. Tenían la misma edad y eran vecinos. Lo compartían todo. Pero todo cambió en un año. Con 17 años Lucía comenzó a sentirse atraida por varios chicos del instituto. Su cara redondita, el pelo largo y negro y esos ojos color miel habían hecho el resto. Pero tal vez ahí fue cuando se dió cuenta de que la relación que tenía con Enrique no era como ella quería. Dejó de verle como un amigo más. Cada vez que pasaban tiempo juntos era un motivo más para estar feliz y con cara de tonta durante el resto del día. A él se lo contaba todo. Era su confidente. Su protector. Para ella, Enrique era su chico. Iban juntos a todos sitios, a la discoteca, a la heladería, a dar un paseo... ellos y otros de la pandilla. 


Todo cambió cuando la noche que Lucía le iba a contar lo que sentía por él, ya que ella pensaba que el sentimiento era recíproco, esa misma noche le encontró besándose con otra. Fue un jarro de agua fría para ella, salió corriendo del local y a partir de ahí todo cambió. Enrique empezó a salir con Laura, una de las chicas del grupo, y a pesar de que intentaba seguir manteniendo la misma relación con Lucía, ésta ya no estaba por la labor. Se sentía ridícula. Sus indirectas habían hecho que se hiciera ilusiones. Se había reido completamente de ella. Y eso jamás se lo perdonaría. A partir de ese momento le odiaría, siempre, como jamás odiaría a nadie en su vida.


Recordar todo ésto no le estaba haciendo ningún bien. Sólo deseaba que pasara esa noche lo más rápido posible y que de una vez por todas, Enrique desapareciera totalmente de su vida. A pesar de que todo ésto había pasado hacía 4 años todavía recordaba con pelos y señales esa época, la peor hasta el momento.






-Continuará...


- No solo respirar es vivir -

3 comentarios:

  1. woojojo!!!! Me encanta!!! Estoy deseando leer la tercera entrega...Sigue así!!
    Un besazo nena

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  2. nena , tengo alguito para ti en mi blog ... no se si recorde hacertelo saber, por si acasoo aqui estoyy .. besitosss !!!

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  3. gracias!!! por leerme...
    gracias por compartir tus palabras...
    belleza...
    inspiracion!!
    gracias! de vuelta

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